El Jefe Médico de la Locura

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¡El jefe médico pelirrojo y blanco, cubierto de pelo, el doctor Winnie von der Roth, iba y venía nervioso sobre sus dos patas traseras! ¿Dónde se había metido el paciente? ¡Todo el hospital sabía que aquel gato con tan alto cargo no estaba para perder su valioso tiempo! Porque el tiempo es dinero: ese era el principio supremo del doctor. Por fin aparecieron las dos enfermeras de quirófano, empujando en una cama al paciente, un hombre de unos cincuenta años. Ya podía comenzar la intervención. El diligente gato desinfectó cuidadosamente sus dos patas delanteras y los antebrazos siguiendo el protocolo, y luego se colocó unos guantes estériles desechables sobre sus garras. Pero enseguida se oyó un ¡ras!, y una gran garra asomó descaradamente a través del fino látex. «¡Vaya porquería!», murmuró el jefe médico para sí, resoplando con desprecio mientras arrojaba el par de guantes rotos a la papelera.

Pero enseguida llegó el salvavidas en forma de una aplicada enfermera de quirófano, que llevó discretamente al doctor Winnie von der Roth a una sala contigua para recortarle con cuidado sus excesivamente largas garras con un alicate especial.

Durante el procedimiento, el gato se impacientó cada vez más y no dejó de bufarle con rabia a la pobre enfermera, que únicamente estaba haciendo su trabajo, como una serpiente sobresaltada. Después de lo que pareció una eternidad, las garras del doctor Winnie von der Roth volvieron por fin a estar en perfecto estado y la operación pudo realizarse al segundo intento, liberando al paciente de su dolorosa vesícula biliar.

Tras aquella intervención, las jóvenes enfermeras del hospital tuvieron un curso de formación, y el jefe médico peludo no quiso dejar pasar la oportunidad de impartir personalmente la conferencia. Como parte de su ejemplar compromiso, consideraba que era su deber compartir ampliamente toda su experiencia con las jóvenes y atractivas asistentes. Para aquel día había escogido el sugerente tema: «Los órganos sexuales masculinos y sus enfermedades asociadas».

El doctor tenía la intención de utilizar sus propios genitales como material didáctico vivo para el público femenino, con el fin de hacer más ameno un tema tan seco. Pero apenas el doctor Winnie von der Roth hubo sacado su corpus delicti, las primeras enfermeras cayeron desmayadas del susto, pues jamás en toda su formación habían visto algo tan obsceno y de tan mal gusto. El resto de las horrorizadas mujeres salió de la sala entre gritos. Se rumoreó incluso que algunas de las jóvenes necesitaron ayuda psicológica tras el impactante episodio.

Después de semejante bochorno, el jefe médico pelirrojo y blanco guardó avergonzado su supuesto ejemplar de exposición y continuó con la rutina diaria como si nada hubiera sucedido.

A la mañana siguiente volvió a celebrarse la visita médica diaria, durante la cual el gato de alto rango no dejaba de quejarse de todos los males que lo aquejaban, sin prestar apenas atención a quien tenía delante. Hablaba de sus dolores reumáticos, que parecían atormentarlo con cada cambio de tiempo, de su delicado estómago, que ya no toleraba cualquier comida con el paso de los años, y del estrés del hospital junto con las interminables horas extras que ya no podía soportar.

Los pobres pacientes, que en realidad eran el motivo de la visita médica, ni siquiera podían decir una palabra, porque el jefe médico los hacía callar bruscamente en cuanto intentaban explicar cómo se encontraban. Según el doctor peludo, cualquiera de sus pacientes estaba muchísimo mejor que él mismo, por muy grave que fuera el diagnóstico médico objetivo. No es de extrañar que la gente terminara renunciando a contarle sus miedos y preocupaciones al gato pelirrojo y blanco, limitándose a asentir resignadamente cuando él les preguntaba de rutina cómo se encontraban.

Si había algo de lo que el doctor Winnie von der Roth estaba absolutamente convencido, era del almuerzo del hospital. Por eso no renunciaba a servir personalmente la comida caliente a sus pacientes en las habitaciones. Levantaba con gran ceremonia la tapa de las bandejas para aspirar provocativamente el delicioso aroma de los platos. Eso sí, debía tener muchísimo cuidado de que sus largos bigotes no terminaran dentro de la sopera, pues no quería estropearles el apetito a los pacientes.

Mientras les deseaba hipócritamente «¡Buen provecho!», su pata pelirroja y blanca acababa, por pura casualidad, dentro de la comida, y en un abrir y cerrar de ojos un buen trozo desaparecía en su boca. Sentía auténtica debilidad por los jugosos trozos de carne asada, que por desgracia no figuraban muy a menudo en el menú del hospital. Lo hacía con tanta habilidad que la mayoría de los pacientes ni siquiera se daba cuenta de que de repente faltaba una parte, mayor o menor, de su comida. A veces la gente es muy ingenua y se deja engañar fácilmente por la falsa amabilidad del gato.

Como la comida había sido siempre una de las grandes pasiones del jefe médico y ocupaba un lugar muy importante en su vida, tampoco tenía escrúpulos en malversar el dinero del hospital para comprarse con él deliciosos patés de forma habitual. Y como todo lo que entra tiene que salir tarde o temprano, también encargó un elegante arenero de diseño adornado con numerosos cristales Swarovski. Naturalmente, tampoco podía faltar un discreto sistema de extracción de olores, porque, como suele decirse, el dinero no huele.

Para que nadie descubriera el origen de su lujoso arenero, insistía siempre en limpiar él mismo la habitación donde se encontraba aquel refinado retrete felino, con el aparente argumento de que incluso un alto cargo no debía considerarse demasiado importante como para empuñar una bayeta. Dicho y hecho. Pero si el gato con aquel dudoso título de doctor hubiera tenido un poco más de experiencia limpiando... Sucedió lo inevitable: el doctor Winnie von der Roth apuntó la boquilla del desinfectante directamente hacia su propia cara en lugar de hacerlo hacia el retrete, recibiendo de lleno todo el potente chorro en pleno rostro felino, mientras su lujoso arenero permanecía intacto. Los ojos del jefe médico ardían como el fuego; jadeó desesperadamente buscando aire, pero con ello solo consiguió tragarse otra buena dosis del producto de limpieza. Aquella vez, literalmente, había abierto demasiado la boca.

Pero como es bien sabido que los gatos tienen siete vidas, aquellos minutos de terror terminaron pasando. Un jefe médico no pierde la compostura tan fácilmente por un pequeño contratiempo. Además, desde hacía unos días ya rondaba por su cabeza una nueva idea. Como cualquiera puede imaginar, una larguísima jornada de trabajo en el hospital resulta agotadora para el cuerpo y la mente. Pero lo que no encaja, se adapta. Eso pensó el doctor Winnie von der Roth mientras se acercaba sigilosamente al armario de los medicamentos para prepararse una supuesta inyección revitalizante para su cuerpo exhausto. Sin embargo, había olvidado ponerse las gafas de lectura y, por equivocación, tomó un sedante, el tranquilizante que se administra a los pacientes antes de la anestesia.

No tardó mucho en hacer efecto el medicamento sobre el astuto gato. Con un estruendoso golpe, el jefe médico cubierto de pelo cayó desplomado sobre las frías y duras baldosas. Alarmada por el ruido, una enfermera de edad avanzada acudió inmediatamente al lugar. Al ver a su jefe completamente indefenso en el suelo, supo enseguida qué debía hacer. Se remangó decididamente la blusa y comenzó la reanimación. Torpemente frunció sus gruesos labios y los posó sobre la boca del gato para practicarle la respiración boca a boca. Después empezó a comprimirle el pecho con toda la fuerza de su cuerpo, una y otra vez, hasta que el pobre perdió casi el sentido. Cuando, tras lo que pareció una eternidad, recuperó la conciencia y abrió los ojos, se arrepintió al instante de haber despertado. Desde luego, aquella no era la vida de jefe médico que había imaginado. ¡Cuánto habría preferido que hubiera sido una enfermera joven y atractiva, en lugar de aquel viejo acorazado!

El mencionado «acorazado» todavía le propinó unas sonoras bofetadas a izquierda y derecha para asegurarse de que su jefe no volviera a desmayarse después de su desinteresada reanimación. Pero aquellas serían la primera y la última bofetada que recibiría el doctor Winnie von der Roth en aquel hospital. Porque, tras aquel incidente, salieron a la luz todos los fraudes que el gato llevaba acumulados, y como todos sabemos, no eran precisamente pocos.

Así fue como el antiguo director del hospital abandonó su antiguo lugar de trabajo con el rabo entre las patas tras ser despedido de forma fulminante, sin tener la menor idea de qué sería de su futuro profesional.

Sin embargo, un prestigioso dentista que también era paciente del hospital había presenciado la desgracia del desaliñado gato y sintió compasión por la pobre criatura pelirroja y blanca, que permanecía allí indefensa con el maletín en una pata delantera y la carta de despido en la otra. El dentista le propuso convertirse en socio de su clínica dental «Dr. Raffzahn». Los ojos de Winnie comenzaron a brillar con picardía al mismo ritmo que los relucientes dientes blancos de su interlocutor, pues siempre le había encantado atacar los problemas de raíz.

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