Gato Mikesch

Bild

¡Yo, el gato Mikesch, el Pelirrojo, pertenezco a los más duros de mi especie! ¡Desde hace ya más de veinte años consigo, día tras día, burlarle una vez más al Boindlgramer (también llamado la Muerte)!

Después de mi última revisión veterinaria para gatos mayores, hace ya diez años, decidí evitar al veterinario como el diablo al agua bendita y confiar únicamente en mi propio cuerpo. Porque, como leí una vez en una guía para gatos, en el noventa por ciento de todas las enfermedades que pueden afectarte, ¡el cuerpo es el mejor médico! Gracias a Dios, hasta hoy nunca he necesitado recurrir al diez por ciento restante, ya que me he librado de accidentes más graves —como por obra de una mano invisible— durante toda mi larga vida digna de Matusalén.

Bueno... una vez sí me quemé el lomo gatuno. Llevado por mi insaciable codicia por unas salchichas asadas, coloqué mi atrevido pelaje justo debajo de la parrilla, precisamente cuando estaba en todo su esplendor, y terminé chamuscándome un trozo de mi hermoso pelaje rojizo. Pero, pensé como buen gato sabio, mejor perder un poco de pelo que perder la cabeza. Dejé que mi dueña me curara en casa y, al día siguiente, ya estaba otra vez saltando feliz por el jardín. Con un poco menos de pelaje, sí... ¡pero con una experiencia más en mi haber!

El dinero que me ahorro al no hacerme la revisión anual para gatos mayores prefiero invertirlo en jugosa comida felina y regalarme algún que otro manjar que alegra mi corazón y mi alma, endulzando cada nuevo día de mi ya larguísima existencia. Pero las épocas de escasez también forman parte de una vida larga. Eso significa que, de vez en cuando, toca resignarse a comer únicamente pienso seco... ¡con el exquisito aroma de una resistente suela de zapato! Porque mi dueña, como tanta otra gente, también tiene que cuidar su bolsillo. Y, como ocurre con mi comedero, no todos los días hay marea alta... de vez en cuando también llega la bajamar. ¡Larga vida a las mareas, amigos míos!

Lo importante es que nunca me falte agua fresca, de la que soy capaz de beber litros enteros con el entusiasmo de una aspiradora. Otros gatos que conozco se gastan todo su dinero en comida, mientras que yo me lo bebo. Cada cual a su manera, como siempre decía mi vieja, peluda y sabia abuela cuando todavía andaba entre los vivos.

Aunque a mi edad bíblica mis orejas ya no funcionen como antes, todavía oigo perfectamente aquello que quiero oír... aunque solo sea el alegre tintineo del cuenco rebosante de deliciosa comida que mi buena dueña agita con entusiasmo antes de servírmelo. Para todo lo demás, mis orejas pelirrojas hacen oídos sordos. Por ejemplo, cuando se trata de afilar mis afiladísimas garras en el sofá nuevo y mi dueña monta en cólera porque, una vez más, no he sabido controlar mis elegantes patitas de terciopelo.

A veces, distinguidos señores y señoras, ser casi sordo en la vejez también tiene sus ventajas... ¡como pueden comprobar!

Otro de los grandes placeres de mi ya dilatada vida felina son los pies untados con aceite de coco de mi querida humana. No hay nada que disfrute más que lamer, centímetro a centímetro, con mi áspera lengua el exótico aceite perfumado de los humildes pies de mi sirvienta doméstica, mientras gruño de puro placer y, al mismo tiempo, la señora de la casa recibe de mi parte un masaje de pies completamente gratuito. ¡Y luego habrá quien diga que un viejo gato rojo y blanco ya no sirve para nada!

Mis propias patas, en cambio, dependen mucho de cómo me encuentre ese día. Hay jornadas en las que funcionan con la precisión de un reloj, mientras que otras veces camino rígido como una jirafa, soportando además las burlas maliciosas de mi familia humana, que asegura que parezco un calcetín lleno de... bueno, ya se imaginan de qué. ¡Hay que tener poca vergüenza para decir semejantes cosas! En momentos así, uno agradece de verdad que el misericordioso manto de la sordera parcial le ahorre escuchar ciertos insultos.

¡La verdad es que nunca hay manera de complacer a los humanos de mi familia! Y, sin embargo... o quizá precisamente por eso, jamás he perdido mi mordaz sentido del humor negro y sigo decidido a entrar algún día en el Libro Guinness de los Récords. Cuando mi familia de dos patas lleve ya mucho tiempo viviendo en una residencia de ancianos, yo seguiré estirándome plácidamente al sol en el jardín, acicalándome el pelaje, retorciendo satisfecho mis bigotes... ¡y dando gracias al Señor por mi vida eterna!

El lenguaje une corazones. Traducimos para ti a tu idioma para que puedas leer y sentir nuestros textos. Este texto fue cuidadosamente adaptado a tu lengua. Como no somos hablantes nativos, puede que encuentres alguna expresión un poco inusual. Si ves una forma más natural de decir algo, nos encantaría tu ayuda.