Una experiencia sensorial
Dame ojos para ver, dame oídos para comprender. ¡Un sentimiento que nunca me engañe y una boca que jamás mienta! Dame manos dispuestas a dar y la sabiduría para vivir conforme a ello...
...¡Ahí estaban otra vez! ¡Esos inútiles y perezosos parásitos que vivían al día y no hacían ningún trabajo digno para ganarse el sustento por sí mismos!
¡El señor Lindemann frunció la nariz con repugnancia al aspirar el penetrante olor de la indigencia! ¡Se ajustó con rabia su discreta corbata de rayas blancas y negras cada vez más alrededor del cuello, hasta que casi le faltó el aire! «Solo tengo que salir de aquí cuanto antes», pensó lleno de desprecio, cuando un hombre barbudo, de aspecto descuidado y con la ropa hecha jirones, agarró su caro traje y le suplicó entre lágrimas, con los ojos vacíos, unas monedas, mientras agitaba una lata de conserva vacía con su mano encallecida.
Pero el señor Lindemann no estaba dispuesto a perder el tiempo con semejante gentuza, indigna de cualquier trato humano. ¡Ya lo esperaban con urgencia en su trabajo, en el mejor barrio de la ciudad! ¡El corazón le latía con fuerza cuando consiguió llegar justo a tiempo para empezar la jornada! Su jefe había convocado una reunión porque, al parecer, había algo muy importante que comunicar sobre el futuro de la empresa.
El señor Lindemann chasqueó la lengua con entusiasmo, pues en secreto esperaba recibir por fin el ascenso a subdirector con el que llevaba tanto tiempo soñando. Quería llegar a lo más alto de la dirección, porque le encantaba ejercer poder sobre quienes estaban humildemente bajo sus órdenes. Además, los ingresos adicionales que traería consigo un ascenso tan importante tampoco eran nada despreciables. «Porque el dinero mueve el mundo», pensó con autosuficiencia mientras se sentaba con seguridad en sí mismo frente al asiento de su jefe, con los ojos brillando de codicia. Los demás asientos estaban ocupados por algunos compañeros a quienes apenas conocía de vista. Sinceramente, tampoco le interesaban demasiado. ¿Por qué iba a hacerlo? Al fin y al cabo, allí todo giraba en torno a ÉL. ¿Y quién podía ser más importante que él mismo?
El jefe miró seriamente a los presentes mientras abría la reunión y leía los balances del año anterior. ¡El señor Lindemann no podía creer lo que oía! ¡Le parecía estar viviendo una pesadilla! ¿Había entendido bien a su jefe? ¿No se trataba de su esperado ascenso, sino de su despido? Los oídos comenzaron a zumbarle como si un pesado tren de mercancías atravesara su cabeza. Todo aquello le parecía un mal sueño del que esperaba despertar de un momento a otro.
Más tarde solo pudo recordar fragmentos del resto de aquel día de trabajo. No tenía la menor idea de cómo había conseguido llegar a casa. Entre otras cosas, porque al salir del trabajo fue directamente al supermercado más cercano para comprar varias petacas de licor, algo totalmente impropio de él. Pero tenía que anestesiar de algún modo el dolor que llevaba dentro. Como era de esperar, el alcohol hizo efecto, mientras aumentaban al mismo tiempo su nivel de alcohol en sangre y su sentimiento de vergüenza. ¿Cómo iba a explicar aquella complicada situación a su esposa y a su hijo de siete años?
Sin embargo, su esposa aceptó el despido por causas empresariales mejor de lo que él esperaba, aunque no le gustó en absoluto el olor a alcohol que desprendía. Durante los meses siguientes, el señor Lindemann hizo todo lo que estuvo en su mano para conseguir otro empleo de la misma categoría, pero su búsqueda fue en vano. Para sobrellevar la frustración, empezó a recurrir cada vez con más frecuencia a la botella. El alcohol adormecía temporalmente sus sentidos y su dolor emocional, solo para hacerlo caer después aún más profundamente en un pozo negro del que parecía no haber salida. Su esposa acabó resignándose; veía que el creciente consumo de alcohol de su marido ponía seriamente en peligro su matrimonio. También su hijo Timo se fue alejando cada vez más de su padre. Temía la profunda insatisfacción y los frecuentes ataques de ira que este sufría. Finalmente, la señora Lindemann tomó la difícil decisión y, con gran pesar, solicitó el divorcio. Estaba demasiado preocupada por el bienestar de su único hijo como para soportar un solo día más aquella situación desesperada.
Y sucedió lo inevitable. El tribunal concedió a la señora Lindemann la custodia exclusiva de Timo, mientras el señor Lindemann abandonaba la casa familiar balbuceando, con una única maleta que contenía todas sus pertenencias. Ahora sí que lo había perdido absolutamente todo: primero su trabajo bien remunerado; después, a su bondadosa esposa, cuya fortaleza también tenía un límite; y finalmente a su querido hijo, del que siempre había estado tan orgulloso como padre. Sin mencionar la casa que habían construido juntos. Solo le quedaba la botella en la mano, de la que volvió a dar un largo trago.
Vestido con un viejo pantalón de chándal lleno de agujeros por la dura vida en la calle, vagaba por la estación con los hombros caídos y el cuerpo consumido por el hambre, pidiendo unas monedas a los viajeros para comprar el alcohol que tanto necesitaba. Casi un año había pasado desde el divorcio, y su estado físico y emocional empeoraba un poco más cada día. Ya no era más que una sombra de sí mismo. Se había acostumbrado a las miradas de desprecio de los transeúntes, y las palabras despectivas de los demás habían terminado por volverlo completamente insensible. También aquella gélida noche de invierno calmó el hambre con aún más aguardiente.
El parte meteorológico había anunciado fuertes heladas nocturnas y el termómetro marcaba -18 grados. Mientras la mayoría de los habitantes de la ciudad disfrutaban del calor de sus hogares, el señor Lindemann dio otro largo trago a su botella antes de acostarse a dormir en el exterior de la estación. Bajo él solo había un viejo cartón como colchón y, como manta, una desgastada chaqueta de invierno que una persona compasiva le había regalado pocos días antes. Pero el frío extremo, unido al engañoso calor del alcohol, acabó pasándole factura aquella noche. Y las funciones vitales del cuerpo del señor Lindemann comenzaron a fallar.
Por fortuna, a esa misma hora un trabajador social realizaba su ronda habitual para comprobar el estado de las personas sin hogar durante aquella helada noche. Reconoció de inmediato la gravedad de la situación y llamó a los servicios de emergencia.
El señor Lindemann ya había caído en un profundo coma y luchaba desesperadamente por su triste vida. Mientras los sanitarios intentaban estabilizarlo, él salió de su maltrecho cuerpo. Desde arriba, como si contemplara la escena a vista de pájaro, observó con todo detalle aquella situación grotesca. Sintió una sincera compasión por el hombre abandonado que yacía en el suelo. Pasó un buen rato antes de darse cuenta de que aquel hombre era él mismo.
Entonces su atención se dirigió hacia una cálida luz pulsante que irradiaba una presencia masculina desconocida para él y que parecía acercarse cada vez más deprisa desde un rincón de la estación. Quedó sobrecogido por el profundo amor que emanaba de aquella luz. De repente, la perspectiva cambió y, como si estuviera contemplando una enorme pantalla, toda su vida comenzó a proyectarse hacia atrás en cuestión de segundos: desde el lamentable estado en el que se encontraba su cuerpo hasta el día de su nacimiento, cuarenta y dos años atrás. Cada una de sus acciones, buenas o malas, junto con las consecuencias que habían tenido para los demás, apareció ante él como una película de su vida. Sintió una profunda vergüenza ante aquella luz intensamente viva al comprender lo superficial que había sido durante toda su existencia.
Con humildad, el señor Lindemann bajó la cabeza y dijo: «Señor, por favor, tómame de la mano y déjame ir contigo para dejar atrás de una vez esta existencia tan triste en la Tierra». Una voz masculina, suave pero firme, respondió: «Oh, no, querido mío. Tu verdadera vida empieza ahora. Procura recordar siempre que todo lo que envías al mundo acaba regresando a ti. Mira a todos los seres vivos con ojos llenos de amor y escucha atentamente a tu prójimo. Escucha la voz de tu corazón cuando te hable, porque lo hace en cada segundo de tu vida terrenal. Y jamás permitas que se calle, pues habla el lenguaje del amor. Nunca seas arrogante ni mires a nadie por encima del hombro, porque una caída desde lo más alto puede resultar muy dolorosa. Recuerda siempre tus raíces y sé consciente de tu verdadero valor, independientemente de tu posición o de tus ingresos en este mundo. Mi amor por ti y por todos los seres vivos es omnipresente e incondicional. Ahora debo dejarte, pero confío en que hayas aprendido la lección y sepas aprovechar esta segunda oportunidad. Algún día volveremos a encontrarnos».
Entonces el cuerpo del señor Lindemann dio un fuerte sobresalto y despertó en la unidad de cuidados intensivos del hospital. Estaba conectado a todo tipo de máquinas y el sonido de los monitores llenaba la habitación. La enfermera de guardia acudió de inmediato, pues prácticamente había perdido toda esperanza. Aún muy débil y con dolores, el señor Lindemann la miró agradecido con unos ojos llenos de bondad. Una lágrima resbaló por su mejilla al ver con cuánto desinterés ella cuidaba de él. En lo más profundo de su ser sintió que lo conseguiría. Había recuperado su vida. Con un profundo suspiro de gratitud y satisfacción, volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada y se quedó dormido mientras su cuerpo aprovechaba aquel descanso para recuperarse.
Tras unos días en la unidad de cuidados intensivos, pudo ser trasladado a una planta convencional. Su rápida y casi milagrosa recuperación se extendió por todo el hospital como la pólvora. Después del alta, ingresó voluntariamente en un programa de desintoxicación para librar la batalla definitiva contra el demonio del alcohol. Gracias a su enorme fuerza de voluntad, el tratamiento fue un éxito. Volvió a sostenerse con firmeza sobre sus propios pies, fortalecido física y mentalmente. Poco a poco, con mucho amor de padre y actuando siempre con honestidad, recuperó nuevamente la custodia compartida de su hijo y, con ello, también el cariño y el respeto de su querida esposa, a quien, visto con perspectiva, en realidad nunca había perdido.
El señor Lindemann se formó como trabajador social para ayudar precisamente a personas tan desafortunadas como él mismo había sido en el pasado. Había conseguido todo aquello con lo que siempre había soñado. ¡Desde entonces, sus sentidos jamás volvieron a abandonarlo!